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Durante las últimas semanas, en algún instante de nuestro día, mientras nos encontramos en medio de la sala, o en mitad de la cena familiar, levantamos la cabeza y advertimos que varias cosas que tenemos planeadas para construir en nuestro futuro han cambiado.

Ese viaje para estudiar en el exterior, ese reencuentro familiar anual, ese concierto que con tanta ansia habíamos esperado. En ese momento somos conscientes de que ninguno de esos planes se va a llevar a cabo a corto plazo, o simplemente se han pospuesto y deberán esperar. En este punto nos angustiamos, lloramos bajito al saber que aquello que estaba al cruzar la esquina ahora simplemente lo vemos tan distante. Nos llenamos de incertidumbre al no saber con precisión cuando se podrán retomar esos planes.

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Aunque no sabemos esperar y todo lo queremos para ya, los tiempos cambiaron y todo se redujo al transcurrir de los días entre cuatro paredes. En medio de los muchos pensamientos que atraviesan nuestra mente, retornan todas aquellas ideas, deseos o planes que se pospusieron o dejamos a medias. En este punto cobra absoluto sentido la célebre frase de McQueen: “Al final de todo, nos vamos a arrepentir más de lo que no hicimos, que de aquello que hicimos”.

Aunque lo neguemos, la vida es mágica y bella, muchas veces no nos da lo que le exigimos, pero sí aquellas experiencias y lecciones que requerimos para crecer. Es supremamente complejo de entender, pero es cierto. Por ejemplo mientras cursábamos el bachillerato, nos enteramos que algún compañero estaba próximo a ser padre o madre, quizás un poco pronto para su edad. Mientras que existen parejas que llevan años intento concebir un hijo, y nunca lo han logrado.

Otro caso común es que haya tantas personas altamente preparadas con dos o tres carreras, o cuatro posgrados, y se encuentran desempleadas, mientras que  justo a su lado su vecino, que no se formó profesionalmente,  tiene un trabajo excelente. Puedo colocar un ejemplo aún más representativo. Donald Trump llego a la presidencia de Estados Unidos a los 70 años, mientras que su predecesor Obama lo hizo con apenas 49 años. Nosotros insistimos en considerar todo una competencia, en estar delante de otros o tratar de superar a quienes “nos ganan”. Requerimos valorar nuestras circunstancias, nuestros bienes, así como los procesos que estamos atravesando.

Las razones para escribir este artículo son conocidas. Como lo he comentado antes, llevo 14 años completamente ciego. Al principio me quejaba, hasta que entendí que no funciona así, y deje de quejarme. Empecé a preguntarme, ¿qué voy a hacer con lo que sí tengo en este momento? ¿Qué voy a crear? Porque lo malo no es la discapacidad, ni una cuarentena. Lo peor y lo terrorífico es que tengas la mente paralizada. En un escenario así no te estarías permitiendo tener la posibilidad de crear cosas grandes y maravillosas. Aunque está bien extrañar o añorar aquellas cosas que eran tan frecuentes pero que ya no están, debemos valorar ante todo aquello que transitamos a diario.

La felicidad que hay en la simpleza de tomar un café con ser querido, o una sabrosa cerveza para celebrar un año más de vida de un amigo, se equipara a ir a la montaña o ir a la playa. Cuando retomemos nuestras rutinas completamente, valoremos y vivamos cada instante como si fuera el último. Disfrutemos de cada sonrisa con la familia, y multipliquemos los abrazos. Gocemos el placer de sentir y compartir la compañía que tengamos justo al lado, y apreciamos lo realmente importante.

Como yo lo digo: “la vida no se ve, se siente”. Y se siente de muchas maneras, se valora percibiendo y detallando la riqueza que todavía tenemos en cuarentena. No se trata solo de agradecer, sino de ver esas pequeñas cosas que aún tenemos y que son un privilegio. Por ejemplo. el poder levantarnos en la mañana con un sabroso café, mientras observamos el amanecer en el cielo, o para quienes tienen el privilegio de vivir retirados de la cuidad y pueden percibir ese aroma de la naturaleza que llega por su ventana. Todos esos detalles que, por pequeños que parezcan, son regalos de la vida para saborearlos, olerlos, tocarlos, verlos y escucharlos tanto con la vista como con el corazón para provocar sonrisa para ti, y para el mundo.

Recuerda siempre que la vida no se ve, se siente.

Alberto Carrillo

Psicólogo y Coach motivacional